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cargamos con una cruz, con la aprobacion del TLC, practicamente perdimos nuestra lucha por una educacion digna y publica..
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“Si no tuviéramos una sorpresa enorme hoy –decía Fernando Londoño el 15 de mayo a las 11 de la mañana– en la Cámara de Representantes se aprueba el proyecto de reforma constitucional que se llama Marco Jurídico para la Paz”. Terminó su acostumbrada alocución en Radio Súper declarando que dicha reforma tiene un único propósito; la impunidad para los jefes guerrilleros: “Una facultad plena para darle a las FARC la bienvenida no solamente a la sociedad normal, sino la bienvenida al ejercicio de la política con las armas en la mano, con certificados de impunidad para ponernos a los colombianos en manos de las FARC. Ése es el progreso, ése es el ciclo nuevo, ésos son los avances que nos promete éste gobierno y que nos dará el Congreso de la República, salvo una inmensa sorpresa en el día de hoy”[1]

Veinte minutos más tarde, el doctor Londoño tuvo una desagradable sorpresa: un bombazo descomunal fundió en chatarra su camioneta blindada, mató sus dos escoltas y no se lo llevó a él “gracias a un milagro de Dios”. La derecha de ultratumba, al unísono, vociferó apenas unos minutos después que era irrealizable aprobar un Marco Jurídico para la Paz. Sincronizados, José Félix Lafourie de la Federación de Ganaderos, Francisco Santos “el electrocutador”, Nicolás Uribe, el congresista de la U Juan Carlos Vélez, Alfredo Rangel y el propio ex presidente Álvaro Uribe embistieron contra el proyecto de Ley. Es inaudito, afirman, que los autores de tan macabro atentado tengan la posibilidad de llegar al Congreso de la República.
Horas más tarde, el Marco Jurídico para la Paz era aprobado por la Cámara al tenor de los aullidos en contra por parte de la bancada parlamentaria seguidora de Uribe. La derecha purasangre vislumbraba una hecatombe: los terroristas que pusieron la bomba estarán sentados a su lado muy pronto en el Congreso, tras ganar las próximas elecciones. Al tanto, desde la clínica Fernando Londoño hacía poesía Greco-Quimbaya: “Estoy herido en el Alma”.
Sin embargo, cabe preguntar: ¿Quiénes son los autores del macabro atentado? ¿De dónde sabe el Uribismo, a los cinco minutos de estallada una bomba, quién es su autor y cuáles son sus móviles? La política en Colombia es un oficio repugnante, que no respeta cuna ni Partido, que puede llevarse por delante a cualquiera. La política es una compleja proyección del crimen. Detrás de ese atentado se mueven fuerzas y tensiones tan grandes que amenazan con romper la estabilidad frágil lograda por Juan Manuel Santos desde el 2010.
¿Quién es Fernando Londoño Hoyos? Los medios de comunicación se refieren a él como un “personaje polémico”. Tanto servilismo da lástima. Londoño es mucho más que polémico, es realmente un delincuente de cuello blanco. Como abogado de grandes consorcios y empresas multinacionales acumuló una fortuna entablando cuantiosas demandas contra la Nación, aunque él mismo se defina paradójicamente como un férreo defensor de la Patria con mayúscula, el Estado y las instituciones. Pero su patriotismo de bolsillo es una sucia versión de privilegios personales logrados a base de trampas. Luego realizó un desfalco con dineros públicos para comprar millonarias acciones de INVERCOLSA[2], una filial de la petrolera estatal ECOPETROL, tras una maniobra ilegal que le resultaría en una condena de inhabilidad para ocupar cargos públicos, condena que está en firme al día de hoy.
Sin embargo, fue designado como Ministro del Interior y Justicia por Uribe Vélez durante su primer periodo en 2002, a pesar que el proceso en su contra por el caso INVERCOLSA estaba en marcha en ese entonces. Cuando salió a flote la problemática de los cultivos de coca que reemplazaron el café en Caldas (su tierra natal), Londoño amenazó los campesinos diciendo que les iba a “llover glifosato” si continuaban colaborando con la insurgencia[3]. Éste era uno de los que en el 2002 aseguraba en público que ellos, los machos de la mano dura y la motosierra, acabarían con la guerrilla en seis meses. De eso hace ya diez años.
La imagen que se pinta de Londoño es una imagen falsa. Se le presenta como un agudo líder de opinión de “centro derecha”, periodista quizá un poco aguerrido, quizá un poco fuerte en las palabras, inofensivo en todo caso. Una santa paloma. Evidentemente se relaciona el brutal hecho del martes con un ataque a la libertad de prensa y opinión, pues Londoño es al lado de Francisco Santos, el vocero oficial de la ultraderecha colombiana. Su programa radial “la hora de la verdad” es muy popular entre las Fuerzas Militares.

Los orígenes de Londoño se remontan a Manizales, epicentro de la reacción clerical conservadora. Su padre, Fernando Londoño Londoño, fue un combativo político que junto al poeta Silvio Villegas y otros jóvenes disidentes del Partido Conservador fundaron el grupo “los leopardos”. Más adelante durante los años 30 derivarían en la “Acción Nacional Derechista”, un partido simpatizante de los Nazis en Alemania, de Mussolini y de la Falange Española. Al final, “los leopardos” regresaron igual que hijos predilectos al Partido Conservador para convertirse en figuras prominentes de la derecha Colombiana, ensanchando al lado de Laureano Gómez, de Gilberto Alzate Avendaño, la virulencia fatal que institucionalizó el atentado personal y la matanza colectiva como herramienta favorita del ejercicio del poder. Fueron desde arriba los principales instigadores de la violencia política de los años 50[4].
Heredero del legado de su padre, Fernando Londoño es hoy por hoy el vocero más importante de la ultraderecha colombiana después de Uribe Vélez. Mientras éste último es un advenedizo, Londoño es hijo de cuna noble, proviene de élites con una tradición que ajusta un siglo: el fascismo católico criollo. No ha dejado un solo día de defender sus ideas con disciplina y agresividad característica desde la Radio y desde su columna periodística en El Tiempo.
Un perfil como aquel despierta los odios más profundos de la subversión, que en numerosas ocasiones lo ha declarado objetivo militar. Las FARC son acusadas inmediatamente de ser las principales sospechosas del atentado por ser su enemigo “natural”. Pero hay que reconocer aquella como una hipótesis fácil, mediocre y demasiado superficial, aunque no debe ser descartada. Algunos elementos tiran más bien para otro lado.

El método utilizado por los delincuentes, la bomba “lapa”, es un artefacto muy sofisticado de altísimo poder destructivo, que queda adherido en la superficie que pretende impactar. Es la primera vez que un artefacto así es utilizado en Colombia, a pesar de los miles de atentados con bomba que registra nuestra historia reciente. Contrario a los métodos usados por la guerrilla, que usualmente implican falta de precisión y explosivos artesanales, el atentado contra Londoño fue rigurosamente planeado y ejecutado. Datos milimétricos hacen que parezca una operación encubierta de inteligencia más que un ataque guerrillero. En una zona crucial de Bogotá los victimarios ejecutan su acción a pleno medio día y huyen sin ningún problema por la capital, la ciudad más vigilada del país.
Los medios de comunicación se empeñan estúpidamente en buscar relaciones con la organización Vasca ETA, pues antes sus acciones han implicado la utilización de explosivos similares. Pero no es verosímil que ETA, que lleva varios años sin realizar acciones armadas y que además anunció en octubre el cese de sus actividades, pueda estar ni remotamente implicada en un ataque sin concordancia alguna con la coyuntura actual de sus objetivos. Tampoco es verosímil la versión que supone que en años anteriores miembros de ETA entrenaron guerrilleros colombianos en el manejo de este tipo de explosivos, pues no sería comprensible de que manera la modalidad de ataque apenas aparece hoy.
Esos medios omitieron de forma deliberada datos muy importantes: las bombas tipo lapa han sido artefactos de utilización periódica por la Central de Inteligencia Americana y por la Inteligencia Israelí para matar “objetivos de alto valor” en operaciones encubiertas, siempre en terceros países.
Los científicos del programa nuclear Iraní asesinados por Israel fueron víctimas de ataques exactamente iguales. Los atentados contra los diplomáticos Israelíes en países asiáticos, que fueron catalogados por muchos analistas como “autogolpes” de la Inteligencia Hebrea para justificar ante la opinión pública una agresión contra Irán, contaron circunstancias idénticas a las del crimen cometido el martes en Bogotá: sujetos en motocicleta se acercan rápidamente, adhieren las bombas a los vehículos y escapan segundos antes de la explosión. Esos hechos sucedieron a mediados de Febrero, hace apenas tres meses[5].
Tales datos indican que los autores del crimen poseen inteligencia privilegiada para realizar un operativo de tanta complejidad, por un lado, así como tecnología de punta, de la que no hay evidencias para creer que esté en poder de una insurgencia obligada a fabricar bombas artesanales con pipetas de gas. Es muy llamativo que un sujeto tan hermético y prudente como el Ministro de la Guerra Juan Carlos Pinzón haya insinuado la implicación de “países extranjeros” pidiendo la colaboración de otras Agencias de Inteligencia. La revista SEMANA señaló a agentes del DAS o a paramilitares pero ni se le ocurrió mencionar a la subversión[6]. Un especialista en el conflicto como León Valencia, que no es para nada cercano a los intereses de la guerrilla, indica que tiene fuertes sospechas para creer que realmente el atentado es fraguado desde la misma derecha. En tal caso habría tres hipótesis que no han sido reseñadas en los medios.
La primera es que se trata de un autogolpe de Uribe y los suyos buscando generar un impacto mediático contra el Marco Jurídico para la Paz (lo que evidentemente sucedió sin que impidiera su aprobación) y aquello explicaría que el día del siniestro coincidiera con la discusión de la ley en el Congreso. Igualmente eso explicaría por qué la bomba fue puesta en la parte delantera de la camioneta y no en la parte trasera dónde se encontraba Londoño, pues la intención real no sería asesinarlo.
La segunda hipótesis es que se trata de una maniobra desde el gobierno Santos para “ablandar” por la fuerza al sector opositor de Uribe Vélez del cuál Londoño es fiel escudero. El atentado se interpretaría como una señal directa por parte del ejecutivo, señal que no dejaría dudas sobre la voluntad de Santos de aislar por todos los medios al ex presidente y sus seguidores. En esa misma línea se inscribe el cerco jurídico y político que acorraló a todas las fichas de Uribe Vélez; adicionalmente su gabinete y gran parte de sus congresistas se encuentran presos o sujetos de investigaciones judiciales. Sería la respuesta contundente del bloque dominante contra los sectores de la derecha que han boicoteado el gobierno Santos de manera violenta desde su posesión (el Presidente llevaba una semana en el cargo cuando un carro bomba voló la sede de Caracol Radio en Bogotá, también se acusó inicialmente a la guerrilla pero quedó luego en evidencia que la responsabilidad provino de sectores afines a las Fuerzas Militares).
La tercera hipótesis indicaría que detrás hay narcotraficantes que buscan desestabilizar al gobierno generando una sensación de inseguridad, a través de golpes resonantes con grandes dimensiones. Aquello no concuerda con que se escoja como blanco precisamente a Londoño, un político que no tiene ningún peso en el gobierno Santos, siendo más una figura simbólica de la ultraderecha, pero si concuerda con un plan similar frustrado que pretendía asesinar a Piedad Córdoba y al Alcalde de Bogotá Gustavo Petro, apenas una semana antes del suceso contra Londoño.
Y la última hipótesis es, lógicamente, que se trata de un ataque de las FARC. Pero no es muy plausible que justo ahora con la proximidad de negociaciones y la discusión del Marco Jurídico para abrir cauces políticos a la incorporación de los insurgentes a la vida civil, los comandantes guerrilleros decidan alterar la opinión pública en su contra con un hecho de estas magnitudes. Hace una década hubiera sido natural. La insistencia fantasiosa en la conexión con ETA y unas supuestas orientaciones encontradas en el computador de Alfonso Cano para impactar las ciudades aparecen como cortina mediática que busca encubrir los verdaderos autores del crimen.
Finalmente es posible una mezcla, a cualquier nivel, de las hipótesis anteriores: una colaboraciónantinatura entre paramilitares y guerrilleros; una omisión por parte del ejecutivo para “dejar la vía libre” a los enemigos de Londoño; o incluso una retaliación del paramilitarismo contra Uribe y los suyos por haber traicionado los acuerdos de Ralito.
La hipótesis simplista que más conviene a todos para lavarse las manos señala la responsabilidad guerrillera: permite a la insurgencia vengarse de uno de sus más acérrimos enemigos aunque sea sólo en modo simbólico, limpia la responsabilidad del ejecutivo en caso que se encuentre implicado y brinda a la ultraderecha argumentos para pedir el regreso triunfal del Mesías antiterrorista bloqueando una negociación con la subversión. Pero esa hipótesis, la de los buenos contra los malos, es la más débil en concordancia con los hechos. Algo muy turbio se mueve en la política colombiana sin que apenas podamos ver sus repercusiones confusas y aparentes. El trasfondo indica que el pacto maltrecho entre las clases dominantes se encuentra deteriorado, acercándose cada vez más a la ruptura. Independientemente de los autores del crimen, todas las posibilidades tienen su parte de verdad en la medida que reflejan contradicciones muy fuertes en el panorama nacional. La verdadera pregunta no es ¿Quién puso la bomba? Sino más bien ¿Quiénes son los que quiere impedir a cualquier costo la llegada de la paz?
[1] Editorial del programa radial “la hora de la verdad” dirigido por Fernando Londoño. Audio disponible en: http://wwww.lahoradelaverdad.com.co/post/detail/post=7296&_id=8
[4] “Los leopardos y el fascismo en Colombia”, José Ángel Hernández, Universidad de la Sabana, Bogotá.
La presente es una propuesta del colectivo clown ojo de pescado
Es una propuesta de carácter cultural para movilizar a la comunidad estudiantil de la UTP
Para que reflexione y se informe sobre la situación del movimiento estudiantil y lo temas más importantes y sonados en el momento
Para esto se pide que todas y todos comenten esta propuesta, la critiquen, hagan preguntas o lo que deseen expresar para si corregir y empezar la labor de buscar financiación….
Cualquier inquietud la pueden dejar en la página del colectivo
O los siguientes correos.
colectivoclownojodepescado@yahoo.escaminando la palabra
Yo era de los que creía que la poesía, tal como se imagina prisionera en libros y academias refinadas, estaba condenada a desaparecer. Y parece que así es. Esa idea de que los poetas son seres superiores, por encima del común de los mortales, envueltos en un aura de divinidad me parece una idea mediocre. La poesía no es, a estas alturas, ninguna bebida mágica, ninguna expresión de la esencia profunda de la humanidad, sino un arte en decadencia si nos atenemos a los que se hacen llamar poetas y son reconocidos como tales. Hay más esencia vital, más fuerza creadora -y hasta más belleza- en el repertorio de cualquier banda clásica del Rock en español que en todos los festivales de poetas incomprendidos e incomprensibles que se realizan por ahí con patrocinio de los monopolios editoriales.
¿Dónde está la poesía de nuestro tiempo? Hace mucho que fue desterrada por los críticos y poetas descendientes de las divinidades. Sin duda, no la encontraremos en los pasillos de la institucionalidad, ni en las antologías. Ni siquiera en los libros de versos. No es un conflicto nuevo: la genial literatura siempre se ha llevado mal con academias, tiranos, gobiernos o instituciones.
Miguel de Unamuno tuvo problemas empezando el siglo pasado por criticar la monarquía en España. En ese entonces Luis Tejada se quejaba a propósito que en Colombia, por el contrario, gracias a la libertad de opinión y prensa las palabras perdían su carácter subversivo, la escritura se convertía en un oficio muy aburrido. Para fortuna de Luis Tejada la historia haría de éste un lugar donde las palabras tienen todo el peso que se merecen.
Cuando las metáforas adquieren de nuevo un espíritu secreto, cuando encubren cómplices toda la tempestad oculta detrás de un verso, hay todavía margen para pensar que la poesía vuelva a nacer escondida en otras voces, prolongada por otros caminos. Desde Baudelaire éste es un oficio de malditos. Un proscrito, un maldito es el cantante Yuri Buenaventura que dedicó una canción al viejo Manuel en el marco de la Marcha Patriótica. ¿A cuál Manuel? Se debía preguntar el Presidente sin poder conciliar el sueño en su palacete a media cuadra de la Plaza de Bolívar donde varios miles de campesinos venidos de lo profundo de la selva grababan con su mirada un nuevo memorial de agravios.
¿Manuel? ¿Un viejo sabio que vivía arriba en el monte? ¿Cuál sabio? ¿Cuál monte? ¿Cuál Guajiro Manuel? porque yo recuerdo varios muy famosos: uno que era indio y tinterillo, uno que fue Aragonés antes que latinoamericano, uno que era estudiante… ¿No se trata todo esto de una protesta maldita también, prohibida, señalada, atacada y desprestigiada por el régimen? Los que financiaron con nuestros impuestos una cumbre inútil de miles de millones para que el asco de América en pleno se viniera de putas a Cartagena, preguntan desesperados de dónde salió la plata con qué dar tamales a los campesinos marchantes que colmaron Bogotá el 23 de abril durante la Marcha Patriótica, unos tamales que además estaban vinagres. Ellos, que financiaron de frente la catástrofe del paramilitarismo, ellos que nunca cuestionan la procedencia de los dineros que pagan el glifosato, las bombas Cluster y los helicópteros Black Hawk, están muy preocupados porque 80.000 marchantes colapsaron pacíficamente la capital a pesar de la lluvia y las amenazas de la cúpula militar. Y el crimen más escandaloso e imperdonable es que esos campesinos tenían plata para comprar tamales.
Ya estamos habituados: en Colombia el emperador puede –literalmente- arrasar con fuego mil aldeas, pero al pueblo se le prohíbe encender una vela.
Ahora que Yuri Buenaventura hizo con una canción de salsa una declaración de resistencia, recordamos a esa muchacha poetisa Árabe perseguida por escribir a favor de la libertad o a ese estudiante de la Universidad Surcolombiana que metieron a la cárcel por cantar canciones incómodas. De eso se trataba con la canción del salsero, de que la metáfora llegara a tener un carácter subversivo, maldito. De que la sepamos viva aunque se la crea muerta, como al Guajiro Manuel, un viejo sabio sin nombre propio. La poesía regresa por los caminos más inesperados, esta vez para pedir el desquite. Los mismos caminos recorridos por esos marchantes que no eran bienvenidos en el corazón de la oligarquía. Yuri Buenaventura, un salsero de tremendo reconocimiento en Europa prefiere el anonimato en su tierra antes que venderse miserablemente a las élites de narcos, escoge una ruta difícil para su música y sus versos: la de la rebeldía.
Todavía hay muchos nombres que no pueden pronunciarse. Eso me hace pensar que éste país, a pesar de todas sus tragedias, sigue siendo hermoso porque concede tiempo a la metáfora. Las palabras dicen más de lo que dicen, las paredes hablan verdades que la verdad oficial calla. Tras los pasos de esa marcha se esconde otra metáfora; la gran noticia que no salió en los diarios ni los televisores: lo prohibido, lo innombrable es que pasada tanta muerte se asoma por fin la esperanza, otra palabra de esas para la cual no tenemos nombre propio.
Pensadores europeos durante siglos se han asombrado que la cosmovisión de la antigua civilización griega, no obstante su profunda comprensión abstracta de los fenómenos del mundo, no hubiera desarrollado a niveles concretos de manera considerable la técnica, la ciencia y la industria. Se sabe que fueron hábiles navegantes y sin embargo nunca traspasaron ni colonizaron más allá del estrecho de Gibraltar dónde su mitología suponía que estaban las columnas de Hércules y el fin del mundo. Aquello confinó su cultura al reducido entorno del mediterráneo. Aunque los griegos conocían los sellos, jamás desarrollaron la imprenta a pesar que para ello no faltaba más que un paso; su tradición no logró masificar el saber más allá de la oralidad y los pergaminos manuscritos.
Hechos similares aterran a los antropólogos que estudian las civilizaciones mesoamericanas. Los mayas, un poderoso imperio capaz de calcular hace siglos eclipses que apenas hoy están sucediendo con una precisión deslumbradora, sucumbieron entre la selva sin poder dominar factores tan esenciales como la relación con su entorno natural y los cambios climáticos. Aun cuando los aztecas conocían la rueda y la utilizaban para fabricar bonitos juguetes a sus niños, jamás elaboraron carros ni se sirvieron de ruedas para el trasporte: esas imponentes civilizaciones de piedra, para las que fue necesario movilizar millones de toneladas de roca a través de kilómetros de selva, se labraron a lomo de humano pues el trabajo, la vida y el sufrimiento eran valores sagrados, ofrecidos a los dioses como sacrifico para el mantenimiento del mundo. Los españoles creyeron que aquellos a quienes llamaban salvajes, al sacrificar sus semejantes eran caníbales adoradores del demonio: nunca entendieron que para los indios la sangre humana era la esencia vital del universo.
Ni griegos ni mesoamericanos tenían en los casos mencionados obstáculos materiales para revolucionar su mundo. Al contrario, poseían técnica y habían desarrollado el conocimiento hasta niveles que hubieran podido aprovecharse de otra manera. ¿Por qué no lo hicieron? Esta pregunta, que impresiona a los antropólogos, apunta hacia una cuestión epistemológica fascinante: el paradigma de su época no les permitió ir más lejos de dónde llegaban sus creencias e ideas.
En 1491 en Europa existían todos los medios necesarios para atravesar el océano y llegar a América. De hecho, los vikingos lo habían logrado frecuentemente siglos antes con mayores precariedades. ¿Por qué el “nuevo mundo” seguía aislado y desconocido en Europa? Porque el paradigma cristiano medieval sostenía, a fuerza de hogueras e inquisidores, que la tierra era plana y que acababa, como en el mundo griego, poco más allá de Gibraltar. La gran apertura que significó el tropiezo de Colón con las indias implicó un cambio anterior: la negación del paradigma, la locura de un almirante italiano convencido que la tierra era redonda y no plana como decían los curas. Y fue el hombre más loco de su tiempo y a la vez el más visionario. Lo que impedía llegar a América en 1491 no era el insondable océano sino una concepción tremendamente equivocada del mundo y la realidad. Una vez las ideas revolucionarias logran ponerse en práctica, una vez demuestran su efectividad frente al paradigma envejecido e inútil, es cuestión de tiempo el colapso del modelo anterior. Es como si la humanidad de repente percibiera un nuevo mundo que ya estaba hecho a su alcance, esperando a ser acunado en sus brazos.
La historia de la ciencia e igualmente el desarrollo del conocimiento es errático y digresivo, rebosa de ejemplos como estos. Fueron necesarios siglos para que los descubrimientos de griegos y árabes se integraran por fin al saber occidental. Cuántos muertos en la hoguera para entender que el sol no gira alrededor de la tierra a pesar de las torpes evidencias. Cuántas barbaries y genocidios para saber que no existen las razas porque en esencia somos más parecidos unos a otros de lo que muestran los colores, costumbres y facciones.
El ocaso de una civilización va precedido por la decadencia de sus valores, su cultura, sus ideas. Es el paradigma que se viene abajo, el modelo de pensar de un mundo que ya no sirve. No siempre las ideas cambian. Es entonces cuando nos aterramos, por ejemplo, que los griegos no pasaran de Gibraltar o qué los aztecas no usaran la rueda a pesar de conocerla. Pero cuando la mente de hombres y mujeres se desata, nada puede detener el cambio porque la principal cadena que aprisiona a la humanidad no está afuera, está adentro, en su cabeza.
Hay tanta comida en el mundo como para alimentar varias veces la población mundial. Nunca una sociedad había producido tanto, nunca había dominado la medicina pudiendo garantizar una vida saludable a la gente, nunca habían existido tantos medios de llevar a todos la ciencia, el conocimiento, la educación, la participación en la vida pública. Nunca como ahora.
¿Por qué entonces imperan discursos que justifican la desigualdad, que a toda costa defienden supremacías y arrogancias imperiales, que enarbolan la violencia, el egoísmo, el individualismo, el machismo, las supuestas diferencias étnicas, religiosas y raciales? ¿Por qué se sacraliza la ignorancia, el consumo innecesario y derrochador, la superficialidad y el fetichismo? ¿Por qué es posible y normal que un millonario norteamericano posea él sólo más riqueza que todo un país como Bolivia o Haití, pero resulta descabellado pensar en un piso, un trabajo, un plato y una vida digna para los habitantes de África o América Latina?
El paradigma actual dice que el mundo no podría sobrevivir un día sin los bancos, sin las guerras y sin el petróleo. Dice que para ser felices debemos renunciar a muchas cosas, incluida la felicidad. Dice, siguiendo el sentido más común de los comunes, que las armas y la violencia sistemática de las grandes potencias protegen la seguridad y por añadidura garantizan la paz. Este paradigma se resume en la fórmula: esclavízate, consume y cállate. En cualquier circunstancia, siempre serás culpable de tu fracaso.
Uno de los grandes conflictos de nuestra época está en el plano de las ideas. Pero esa es una coyuntura común a todos los tiempos. Por eso los Estados se ensañan más en extirpar modelos alternativos de vida y de sociedad que en perseguir la delincuencia y el crimen organizado. “Antisistema” es un calificativo tenebroso y malvado para los grandes medios de comunicación. La inquina con que la policía aporrea manifestantes pacíficos en España o Grecia no es comprensible bajo la lógica invocada de preservar el orden público. El sadismo que el gobierno colombiano empeña en torturar y asesinar a los miembros de comunidades indígenas, negras y campesinas que no aceptan las lógicas del capitalismo no es explicable bajo la simple etiqueta antisubversiva. La “guerra contra el terror” emprendida por EE.UU. es en realidad la masificación e internacionalización del terror imperial contra los pueblos. Un paradigma que se impone a garrotazos intenta por todos los medios ocultar, silenciar las ideas que emergen y muestran una nueva organización del mundo, ya que las otras no permiten llevar hoy, en pleno siglo XXI, el bienestar más abajo de Gibraltar o del Río Bravo. La biblia neoliberal difunde un credo irracional y devastador: el crecimiento económico infinito, la supremacía de los más aptos y “exitosos”, la libertad de los mercados y la esclavitud de los trabajadores, la depredación planificada de los recursos naturales y públicos, el consumo convertido en un cáncer imparable. El futuro se asombrará de nuestra época que consiguió llevar el hombre a la Luna pero no llevar comida y paz a toda la tierra. Quizá los antropólogos se pregunten cómo, estos necios humanos del siglo XXI habiendo descubierto curas contra la malaria, la fiebre negra o el cólera, no las usaran para prevenir la muerte de millones de personas en el tercer mundo. Los historiadores maldecirán una época dónde excedentes descomunales de comida acababan en los basureros en las metrópolis del planeta mientras naciones completas sufrían hambrunas devastadoras.
El ocaso de la civilización capitalista reclama la desintegración de su paradigma ideológico. Hace varios siglos, herederos de la ilustración, los políticos que se sentaban al lado izquierdo del parlamento francés se definieron defensores de la igualdad y la libertad. Marcaban los límites de una puja que no ha terminado. Estas son nuestras verdades, palpitando al mismo lado que late el corazón, descabelladas y utópicas, precisamente por eso posibles, alcanzables, necesarias: todos y todas tenemos que ser iguales, debemos ser libres, podemos vivir como hermanos en amistad con la naturaleza.
No son ni un fin teleológico de la historia humana, ni una materialización del paraíso sobre la tierra, ni un final apoteósico para la “marcha inexorable del progreso”. Son más bien un reto al que no podemos renunciar. Una aventura que nuestra generación debe asumir: el desafío de demostrar que otro mundo es posible.
Escrito por: Camilo de Los Milagros
que inspiraron a la juventud ilustrada de todo el continente desde Argentina hasta México, esto no significa el comienzo de la agitación política en los claustros colombianos: el reducido estudiantado participó en conspiraciones y revueltas durante la independencia, engrosó las filas de las revoluciones liberales en el siglo XIX y se aprestó a tomar las armas contra la amputación Norteamericana de Panamá apenas despertando el siglo pasado.
En el siglo XX hay tres espacios dramáticos de la historia colombiana en los que el Movimiento Estudiantil jugó un papel masivo protagónico: el ocaso de la hegemonía conservadora a finales de la década del 20, la caída de la dictadura del General Rojas Pinilla a mediados de los 50 y la insubordinación generalizada que convulsionó las Universidades desde finales de los 60, cuyo punto culminante fue el Paro Nacional Universitario de 1971. Este último es un momento emblemático en el nacimiento de varias corrientes ideológicas de la izquierda colombiana. De entonces hasta ahora las Universidades colombianas son consideradas tanto por el régimen como por sus opositores como activos focos de subversión y disidencia, un juicio que no es para nada exagerado.
Con la aprobación de la Constitución de 1991 pero sobre todo con sus leyes específicas se abrieron para el país las puertas del neoliberalismo, que no es otra cosa que el imperio absoluto del gran capital y los mercados financieros. Muchos sectores de la izquierda siguen considerando la constitución del 91 como un gran logro de la democracia en un país esencialmente antidemocrático, pero obvian un detalle importante: aquella fue la base legal para el desmonte de todos los derechos y beneficios económicos adquiridos por el pueblo colombiano durante un siglo. La ley 30 de 1992 que reglamentaba el funcionamiento de las Universidades Públicas hizo lo propio en el ámbito de la educación superior restringiendo la “autonomía universitaria” y condenando los claustros a una asfixia financiera insostenible. Desde entonces las Universidades están obligadas a ampliar su cobertura pero los recursos aportados por el Estado permanecen congelados. Esta medida de Shock económico no ha sido correctamente comprendida en todas sus dimensiones; implica además un componente político e ideológico: forzar el sistema universitario por vías de la asfixia financiera y la austeridad a reconvertirse en algo totalmente opuesto a su ideario original. Para la gran mayoría de estudiantes pobres la receta significa la deserción o las deudas con entidades financieras para asumir el altísimo costo de las matrículas. Con las recetas mágicas de autofinanciación, recortes, liberalización y financiación privada el Estado no sólo abandonaba a su suerte las instituciones sino que abría paso a una concepción distinta de Universidad -la educación de mercado- donde el debate, la efervescencia, la agitación y la contradicción al régimen desaparecen. Bajo esta óptica las doctrinas neoliberales de la Escuela de Chicago buscan además de sacrificar al lucro de las corporaciones todos los ámbitos de la sociedad, erradicar la oposición política y la organización popular. Este último objetivo es tan importante como el primero. El Shock económico avanza junto al Shock político y militar. Con una sinceridad tenebrosa Francisco Santos, escudero rabioso del gobierno Uribe y primo hermano del actual presidente Santos, exigía públicamente electrochoques para los miles de estudiantes que marchaban pacíficamente por todo el país exigiendo educación gratuita: tal es “la doctrina del Shock” que describe magistralmente Naomi Klein, la metáfora no podría ser más transparente.
Perder las Universidades equivale a perder uno de los últimos rezagos de la resistencia. La izquierda es consciente de ello y el Estado también. No se trata pues, como critican ingenuamente algunos radicales de cafetería, de una simple pelea por mayor o menor presupuesto para la educación superior. Se trata de una ofensiva estratégica que los poderosos emprendieron, entre otras razones, para eliminar uno de los sectores más activos y críticos de la oposición en el último medio siglo, el Movimiento Estudiantil.
Aunque la receta comenzó a operar a mediados de los 90 sus consecuencias sólo empezaron a surtir efectos contundentes en la primera década del nuevo milenio. Los dos periodos presidenciales de Uribe Vélez estuvieron matizados de cientos de conflictos, huelgas y protestas estudiantiles por todo el país. Indígenas y estudiantes fueron los únicos contradictores permanentes en las calles al régimen de Uribe. En el gobierno de la “mano dura” estos movimientos desembocaron en coyunturas muy violentas, numerosos enfrentamientos directos con saldos de asesinados, encarcelados, desaparecidos o exiliados.
El último año ha sido la resultante natural de las tensiones y contradicciones represadas durante dos décadas. Literalmente, el sistema de Universidades Públicas colombianas no aguanta más: en términos financieros está al borde del precipicio. Políticamente los poderosos están cosechando la tormenta que plantaron y abonaron año tras año. Es una ilusión creer que la insurrección de los estudiantes colombianos obedece únicamente a motivos económicos y presupuestarios; un sector grueso del movimiento proviene de Universidades Privadas que no sufren acosos financieros, pero que son sensibles a la situación política y social de un país donde las élites tienen una dictadura de facto legitimada por una institucionalidad de bolsillo y sostenida con uno de los aparatos de guerra más grandes y sanguinarios del continente.
Al influjo del Movimiento Estudiantil Chileno, de las protestas en Europa y los países Árabes, los grupos y activistas en las Universidades comenzaron a preparar la pelea. La labor de coordinación, que había sido la gran carencia durante los años anteriores, logró unificar un sector social que es disperso por naturaleza.
El 7 de abril los universitarios respondieron a los anuncios del gobierno de profundizar la reforma neoliberal a la ley 30 con marchas inéditas. En Bogotá llenaron la Plaza de Bolívar y en la Costa Caribe, donde los movimientos sociales se daban por desaparecidos desde los años duros del paramilitarismo, los estudiantes salieron a la calle en masa. Las tradicionales Universidades públicas del centro y suroccidente superaron sus registros anteriores de movilización, lo que ya era un buen indicio de la acumulación de fuerzas para la pelea decisiva. La agitación en los claustros era constante: el 7 de septiembre las protestas coordinadas conmovieron al país y fueron particularmente masivas en las Universidades de provincia.
Cuando la Ministra de Educación María Fernanda Campo (una burócrata ignorante y más terca que un burro, que pasó de administrar una asociación de mercaderes capitalinos a sentarse en un ministerio) embriagada en un desprecio biológico hacia los estudiantes anunció a mediados de octubre que no habían leído la reforma o que no la entendían estaba franqueando el terreno de la discusión al de los insultos, pues podrá acusarse de cualquier cosa a los Universitarios pero no de incapacidad teórica. Estas declaraciones cayeron como gasolina encima del incendio y el 12 de Octubre las movilizaciones estudiantiles volvieron a llenar la Plaza de Bolívar y a inundar el país de indignación. Cada semana ocurrían marchas, tomas pacíficas, concentraciones o eventos públicos en tanto el Ejecutivo se ensoberbecía con una intransigencia prepotente y despótica. Las Universidades públicas entraron en huelga: comenzaba el paro universitario. Algunas como la Tecnológica de Pereira o la Universidad de Antioquia ajustaban ya un mes paralizadas
A principios de noviembre, el Presidente en continuas alocuciones hacía gala de su intolerancia y llegó a insinuar que para tumbar la reforma los estudiantes tendrían que pasar sobre su cabeza. Fue una declaración de guerra que rebosó la paciencia de un sector tremendamente combativo de la sociedad colombiana; la radicalización llegó al extremo, las huelgas y bloqueos de Universidades se agudizaron y los choques violentos dejaron varias instituciones militarizadas. En el pulso definitivo medio millón de estudiantes se echaron a la calle en todo el país y los universitarios llenaron por cuarta vez la Plaza de Bolívar en Bogotá el 10 de Noviembre, el mismo día que comenzaba la discusión de la ley en el Congreso. De toda la nación llegaron jóvenes, algunos caminando cientos de kilómetros desde sus ciudades y más de 100.000 personas colapsaron la capital con 28 marchas simultáneas. El artífice de los falsos positivos tuvo que tragarse su reforma y su soberbia mientras el Movimiento Estudiantil daba una lección inmensa de dignidad.
¿Cómo debemos valorar esta explosión de indignación y rebeldía? ¿Cómo el desgaste de una sociedad donde el proyecto de la izquierda nunca ha logrado materializarse y el de la derecha es una catástrofe para las mayorías? ¿Cómo el coletazo de una tendencia mundial de descontento que indica la agonía de un sistema agotado? ¿Cómo la válvula de escape a todas las atrocidades que el gobierno anterior cometió contra la gente y particularmente contra el Movimiento Estudiantil? ¿Cómo la respuesta de una generación sin futuro, llena de rabia ante tantas frustraciones y humillaciones?
Todos estos elementos entran a jugar en la explicación, aunque quizá sólo comprenderemos el fenómeno cuando esté agotado en sus alcances: igual que en 1971 este movimiento le entregará al país una generación de rebeldes que tendrán que encontrar una salida distinta para las encrucijadas que se plantean. Hay todavía mucho trecho por delante. Los grandes derrotados son los Partidos tradicionales y los traficantes de la política que se hallan desprestigiados mientras el pueblo dicta su voluntad en las plazas y avenidas. Cada día más desacreditada, la democracia de las bayonetas, los tamales y los chiqueros parlamentarios se revela inoperante y lejana, muy lejana, de las necesidades y prioridades de la mayoría de la población.
Hoy la clase la dieron los muchachos y las aulas fueron las calles: toda una cátedra de desobediencia a la tiranía. Los estudiantes enseñan e instruyen, muestran el camino. Obligaron a la oligarquía a tomar una lección de respeto hacia la furia del pueblo, que aunque esté adormecido puede volver a reventar en cualquier momento semejante al 9 de abril de 1948.
15 días después que la reforma se desmoronara los estudiantes volvieron a la calle el 24 de noviembre en solidaridad con sus compañeros Chilenos y latinoamericanos haciendo una demostración de fuerza que nadie esperaba al son de las clases ya retomadas. El 2011 será un nuevo paradigma de la historia colombiana, en esta ocasión escrita debajo del caminar de una generación de osados con paso de elefante: por primera vez en muchos años acá el pueblo manda y el gobierno obedece.
Utilizo sin compasión esa frase, ese juego idiota de palabras con que la prensa colombiana y sus postrados bufoncillos han caracterizado lo que consideran un ocaso del conflicto armado en nuestro país. Ocaso, aclaremos, que según ellos se debe a la victoria imponente y valiente de la ultraderecha, experta en sembrar la paz silenciosa de los cementerios, la pujante prosperidad de las multinacionales y la libertad de los mercados.
¡Pero no vamos a llorar! Vamos a hablar del fin de Uribe Vélez, que como mafioso advenedizo, cosechó una prolongación exponencial y sucesiva de éxitos hipotecados a un final terrible, irremediable.
En política Uribe puede definirse como un espécimen esquizofrénico. Un psicópata que actúa de acuerdo a sus delirios y alucinaciones fanáticas, tapando errores nefastos con movimientos desesperados que son a la larga la incubación de errores más grandes y ruidosos. Uribe es un estafador y su esquema consiste en aplicar el esquema Ponti del fraude a la maraña política. Cuando alardeó ante el mundo la rendición de un grupo guerrillero inexistente, la falsa desmovilización de sus paramilitares o el ficticio rescate de Ingrid Betancur lo que hacía era especular con victorias irreales que luego se amplificarían al tamaño de la derrota. Lo sabía, pero no conoce otro camino: es la encarnación absoluta del espíritu dominante de nuestros tiempos, que hipoteca el futuro completo por la inmediatez fútil de una gloria rápida y efímera.
Eso recuerda bastante otro espécimen de la misma bajeza pero de otras épocas cuya única supervivencia en la batalla por el poder dependía de la acumulación sucesiva de victorias: Hitler y su Blitzkrieg (guerra relámpago) que comenzó a fracasar cuando tropezó con la feroz resistencia de los soviéticos.
La principal virtud de nuestro antiguo soberano es, de este modo, la audacia. Pero es la única que tiene y además la derrocha. Subyace todavía en él ese sentimiento de los antiguos capos de Medellín que preferían vivir como magnates una década y no cómo pobres toda la vida aunque en el empeño les fuera la vida misma. Uribe es un esquizofrénico del todo o nada: en el momento en que algo dentro de su engranaje comenzó a fallar implicaba que todo el palacio de naipes que levantó con más de dos décadas de sangre, despojos y trampas se vendría abajo aparatosamente, en desbandada, y eso es lo que ha estado ocurriendo todas estas semanas. ¿Cuándo empezó a fallar la cadena de éxitos que inició con su popularidad espumosa y exorbitante en los comicios del 2002, saliendo de último en las encuestas y llegando a Presidente de Colombia? Es difícil situar el momento, pero parece que su desequilibrio más grave sucedió en el momento que la rama judicial no le aprobó la posibilidad de un tercer período. Desde entonces estaba perdido, aunque hizo hasta lo imposible por evitarlo y en el empeño se le fue, como a los buenos capos de Medellín, la vida.
En la situación que lo fue acorralando lentamente la rama judicial y buena parte de la derecha tradicional -la derecha de los buenos apellidos, la de siempre- no tenía otra salida que cuidarle las nalgas a los criminales que lo acompañan desde que fue senador en los 90. Afirmaciones tales como que el asesino de sindicalistas Noguera es “un buen muchacho”, o que las investigaciones contra su archi-corrompido ministro Andrés F. Arias le causan “profundo dolor” son sólo pequeñas muestras de que retirar el respaldo a sus sicarios sería nefasto porque empezarían a soltar todo lo que saben, aunque protegerlos hasta las últimas consecuencias sea peor pues cuando se hundan lo arrastrarán inevitablemente hasta el fondo.
Casi completamente convencidos que a Uribe le tienen destinada o una celda -probablemente al otro lado del mar- o una dudosa muerte no haremos ilusiones sobre los alcances de la “justicia”. Es significativo que toda la trama haya sido fabulada desde los mismos poderosos y que se investigue a Uribe por espiar políticos pero no por inventarse los paramilitares que siguen matando campesinos. Los hechos se repiten detalladamente como desde hace un siglo con todos los hombres de paja y los sátrapas del imperialismo:
Primero se les prestan todas las ventajas y ayudas para que su éxito sea meteórico, o en su defecto se les “deja actuar” (Mussolini, el enano Franco, el mismísimo Hitler) se les arma y entrena (los talibanes, la contra centroamericana, Bin Laden, Pinochet) se les aísla o abandona cuando son un problema o están altamente desacreditados ante su pueblo (Saddam Hussein, Noriega, Mubarak) finalmente se les sacrifica para lavar con chivos expiatorios los crímenes de todo el sistema (Fujimori, Montesinos, Videla, Milosevic…)
La prueba reina de que llegó el fin del fin consiste en que el Washington Post, una de las voces oficiales del imperialismo americano, ha hecho un “guiño” publicando noticias que “confirman” lo que todos sabemos hace años: que Uribe espió ilegalmente a sus opositores, como acostumbran todos los gobernantes. Tal “guiño” es una señal que en otras palabras significa vía libre para proceder: Uribe perdió definitivamente el apoyo de sus aliados del norte, su poder de marioneta se desmorona.
La prueba reina de que no habrá justicia sacrificando al genocida Uribe radica en que no se ha movido un pelo del sistema de barbarie que éste ayudó a sostener y consolidar. Para eso, y disculpen la sinceridad, tendrían que ponerlos a todos tras las rejas, empezando por el que fuera su ministro de defensa, hoy honorable Presidente de la República.
“LLAMADO A PARO NACIONAL Y CONSTRUCCION DE LA UNIVERSIAD PUBLICA”
EN CONTRA DE LA LEY 30 Y SU REFORMA”
Este documento es un resumen con los elementos centrales del encuentro MANE realizado en la Universidad Distrital de Bogotá el 20 y 21 de agosto de 2011. El documento central se encontrará a disposición de toda la comunidad universitaria de Colombia en la página www.clownojodepescado.wordpress.com. El objetivo de este escrito es dar a conocer a la asamblea de la UTP la lectura de dos de sus asistentes independientes de organizaciones oficialistas a la MANE. Lo expresado aquí representa la opinión personal de los abajo firmantes y se ratifica el carácter crítico y subjetivo de sus autores.
Se pretende no caer en discursos repetidos y desgastantes, por tanto seré muy conciso y puntual.
¡No hubo democracia, se apeló al consenso y sin debatir sobre el tema aclaramos que si no existiese este se determina la exclusión o inactividad de otrora opinión colectiva!
El ambiente de toda la MANE fue de ¡Paro Nacional! y no solo estudiantil, si no con amplia participación del pueblo colombiano, ya que si la ley 30 ha sido devastadora la reforma será una catástrofe (los puntos centrales de la reforma a la ley 30 y sus consecuencias serán tratadas en posteriores documentos). Las voces se levantaban en arengas que a veces sonaban como ladrillos caídos del muro de la resistencia, tanta repetición termino por dejarlo vacío y sin sentido. Los partidismos, la sectorización y el oficialismo matizaban estas expresiones de tintes proselitistas por lo que los oídos independientes se direccionaban hacia la verdadera unidad. El discurso de unidad- unidad se diluía en las actitudes separatistas que terminaron por llenar la sala y exterminar la famosa integración que se promulgaba.
Los dos objetivos centrales de la MANE quedaron en consenso como: paro nacional y construcción de la universidad pública desde la base. Si quisiéramos analizar solo estos dos objetivos a la luz de los discursos y el verdadero ambiente del encuentro estaríamos a portas de desnudar las intenciones proselitistas de algunas organizaciones oficialistas u otras intenciones ambiguas e inadmisibles a este nivel de avance del MOVIMIENTO ESTUDINTIL EN COLOMBIA. PARO NACIONAL que nunca se decretó, ni fecha, ni agenda, solo se hablaba de lo mismo que se viene escuchando año tras año: “NO HAY CONDICONES, TENEMOS QUE PREPARARNOS”. Primero que todo las condiciones están dadas ya, si bien es cierto que muchas universidades están en situaciones complejas de seguridad y participación, quedó expresado por estas que el ambiente es de paro y que si en la MANE se habla de unidad pues entonces por más difícil que sea entre todos nos podemos ayudar.
Un paro decretado permitiría que se entrara en un proceso de resistencia programática y organizada con los avances que ya se tienen y con el impulso que no se debería perder. Es muy claro que cada universidad puede entrar en paro si entre todas nos ayudamos. Como nos podemos ayudar entre todos debió ser uno de los temas centrales de la MANE. Pero no, la discusión se redondeaba y daba tumbos entre los mismo que si bien son muy importantes tienden a desgastar y no aportar efectivamente a la urgencia que se tiene con la reforma. Los temas centrales esperábamos nosotros que fueran debatir sobre fecha u hora cero, apoyo y organización-coordinación, actividades conjuntas y simultaneas, soporte y evaluación continua del paro, entre otras.
La MANE para esta ocasión no avanzó, se dijo lo mismo que en el encuentro de mayo de este año. Se instalaron las mesas, pero se dijo de paro y nada de fecha, se dijo de hoja de ruta y se volvió a plantear construirlas pero nada, se habló de las condiciones de cada universidad pero nada de diagnósticos. Conclusión toda igual. Se habló de una organización en el anterior encuentro y luego de cinco meses se dijo lo mismo y se propuso de otra fecha, para el 10 de septiembre reunión del comité operativo de la MANE PARA definir las “condiciones de cada universidad”, ¿y si no se logró en 5 meses se logrará en menos de un mes?
Declaramos nuestro descontento porque no se avanza y cada vez tendremos que esperar condiciones, consensos, organización, etc., y en realidad no se concluye y concreta nada. Lo que nos hace suponer de intenciones oscuras o no claras con proyecciones hacía de la desestabilización del movimiento estudiantil en Colombia. Se habló en este encuentro de esperar una marcha el 7 de septiembre y según su participación y contundencia se hacía paro o no. Pero lo mismo se hizo en mayo se dijo que si el 7 de abril la marcha era contundente se avanzaría más en el paro pero nos preguntamos, si se piensa en que el 7 de abril si fue contundente e histórico como lo manifiesta el comité operativo en sus declaraciones oficiales, cómo es posible que se siga hablando y nada un. Es indignante.
Por ultimo en este resumen algo que quedará como lo central de nuestra opinión. No más centralismos, oficialismo y se exige el respeto a la diversidad de organizaciones y personas independiente que no tienen rótulos oficiales de gran maquinaria política. Los independientes proclamamos que se nos escuche, y nuestra voz y voto se tomen en cuenta en las decisiones. Por esto, no más proselitismo, quieren hacer el paro en octubre por qué?, el que lo entendió lo entendió, y si no es claro, es para que los políticos alternativos y democráticos como ellos mismos dijeron, apoyen la causa estudiantil con ánimos de interés personal. Son tan descarados que al final del encuentro leyeron un comunicado del polo joven apoyando el paro y la MANE, y no nos dejaron a nosotros decir mucho, convocando a la hora cero y demás temas de programática y organización del paro. Todo se dilataba y aplazaba ¿por qué? creo está demasiado claro.
INVITAMOS ABIERTAMENTE PARA EL 10 DE SEPTIEMBRE QUE LOS ESTUDIANTES SE QUITEN LAS MÁSCARAS DE ORGANIZACIÓN OFICIAL Y COMO INDEPENDIENTES ASENTEMOS NUESTRA VOS Y TENGAMOS POSIBILIDAD DE DECISIÓN.
ATT ESTUDIANTES INDEPENDIENTES UTP.
Igual que muchos buenos y malos poetas, los conocidos y desconocidos, habría que empezar por definir el Arte Poética, la idea que se tenga de lo que es o no es la poesía, de lo que fue o lo que no debe ser, de lo que quisiéramos que fuera. Pero ese oficio respetable, a los poetas. Acá se explorará la confluencia increíble, por esas cosas del realismo mágico, el encuentro terrible de dos términos en apariencia antagónicos: Mafia y Poesía.
Mafia y Poética son palabrejas nacidas en la vieja Italia. La primera se refería a organizaciones y clanes criminales Sicilianos y por antonomasia ha pasado al resto del mundo. La segunda trata, más o menos desde Aristóteles, de definir la belleza literaria, también por antonomasia la poesía. Luego, más o menos desde Baudelaire, también de definir la fealdad literaria.
Terriblemente en esta villa de mafiosos y balaceras, los términos confluyeron para formar quizá por primera y última vez en la convulsionada historia de la literatura una Mafia Poética.
Como todos saben, se realiza desde hace varios años con dineros públicos un festival de poesía en la ciudad. Los dineros públicos suelen traer consigo la semilla de los corrompidos y tal festival, desde hace años ya, se convirtió en el negocio privado de un clan familiar de pseudo-poetas y “gestores” culturales de medio pelo. ¿Nombres, me piden ustedes nombres? Los tendrán.
Otra palabreja italiana, daría la pista: Giovanni. El mismo nombre del autor del Decamerón. Este tal Giovanni, famoso en la ciudad por ser “el poeta del megabús”, capo di tutti capi, utilizando prácticas dudosas y nada trasparentes que algunos bienintencionados colaboradores del festival han denunciado, se lucra de proyectos culturales y dineros públicos al mejor estilo de cualquier lagarto de oficina. No vale la pena entrar en discusiones bizantinas sobre la calidad poética deDon Giovanni, sobre su “estética” o su trascendencia literaria, pero si podríamos llenar páginas con lo que se dijo en los pasillos del festival, informaciones lamentablemente ciertas.
Qué el proyecto incluía plata para almuerzos, viáticos, trasportes, pero se le negó a los implicados. Qué nadie sabía el gran misterio, el gran secreto; ¿el de la poesía? No, el del proyecto: cuánto era el presupuesto. Qué varios poetas estaban hastiados de tanta lagartería y falta de seriedad. Qué Frisby compró una de las charlas de William Ospina. Qué había mucho cacique pero pocos indios. Qué mientras decenas de jóvenes románticos que todavía quieren creer en la poesía dedican su tiempo desinteresadamente a sacar adelante un festival -por primera vez les pagaron por ello- una familia se apropia los beneficios económicos e institucionales. Qué se trafica pues con poetas y versos como con cualquier otra porquería.
Hace exactamente un año algún modesto académico formuló la siguiente opinión: era preferible asistir a la cabalgata de los otros mafiosos, mucho más originales, que a la mafia de la poesía con dineros públicos. Tal afirmación levantó más de una aspereza.
Será entonces porque no tenemos nada de poetas que llamamos las cosas por su nombre, sin metáforas ni símiles, sin artilugios o recursos: se trata de una mafia, de una garduña de la poesía. Porque la poesía parece ser algo tan sublime, que cada día está más lejos de las academias y los coloquios, de los festivales y hasta de los mismos “poetas”. Así es la poesía: de verde eternidad, señor Giovanni Capo di Tutti Capi, no de prodigios.
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(ACLARO que estuve en el festival y que me parece enormemente maravilloso que miles de personas puedan estar en contacto directo con la cultura como es enormemente repugnante que haya personas que se aprovechan de la cultura para su lucro personal)