El Jarillon: Un Pueblo Solo Pide Respeto

un pueblo que olvida a sus campesinos y los deja en la orilla del rió sin importar el desbordamiento de estos, un pueblo que olvida a sus obrero sin conocer la nueva esclavisión, un pueblo que olvida a la mujer y la convierte en un objeto de venta, un pueblo que mira día tras día la violencia por televisión, es un pueblo insensible que no siente al otro.
De esta forma ven los estudiantes al pueblo, a solo media hora de nuestra universidad se encuentran los desplazados del invierno en la virginia, personas que han tenido que salir de sus territorios y acomodarse en unos albergues, por culpa de la mala administración de nuestros gobernantes, es aquí en estos albergues donde solo se ve la mentira, el engaño y la avaricia de los burgueses risaraldense, ellos que manejan el departamento a sus anchas y deciden como se ordena nuestro territorio, sin conocer la historia, ni la comunidad que lo forma, a ellos a quienes un cumulo de personas escogen por un ladrillo, no le importa el sufrimiento de la misma gente que los escoge, al contrario juegan con sus aspiraciones y sueños.
Son ellos los que venden nuestro territorio, desplazan con engaños y deciden sin hacer consultas populares construir un Jarillón, que traerá para la población burguesa negocios de excelente rentabilidad, mientras al campesino, el obrero y al estudiante lo obligan a vivir en un albergue destruyendo su vivienda, hoy en día cumplen 8 meses sin una respuesta positiva, hoy en día estas personas solo piden RESPETO, y este solo se demuestra con techo digno, comida, salud y educación, derechos fundamentales, peo que cuando se habla de economía y rentabilidad se pierden en la diplomacia.

DERECHO AL HAMBRE

A finales de abril el periodista francés Romeo Langlois, que acompañaba al Ejército colombiano en un operativo antinarcóticos quedó encerrado en medio del fuego cruzado de un terrible combate. El periodista cayó, como todo mundo sabe, en poder de la guerrilla que lo tuvo en el monte un mes largo. Luego fue liberado tras un acto público en un caserío remoto del Caquetá. Nada indignó tanto a los comentaristas de la opinión pública; ni la muerte de los uniformados que cayeron en la emboscada, ni la pantomima de los generales que no supieron explicar qué hacía un periodista con casco de soldado, ni siquiera el discurso de Piedad Córdoba y del comandante guerrillero durante la liberación del francés: lo imperdonable resultó ser que para el “espectáculo” y “show mediático” montado por la insurgencia se mataron siete vacas[1]. Un banquete en el que se hartaron los subversivos y un millar de campesinos que asistieron desde las montañas, todos comiendo carne a la llanera con mamona. Es una infamia, una indecencia: en el Caquetá –hermosa tierra ganadera- la gente come carne. Los campesinos que viven sin acueductos ni luz eléctrica, ni escuelas, ni carreteras, ni servicios de salud, comen carne. Que haya colombianos en condiciones dignas del feudalismo es normal o cuando mucho accidental. Que maten siete vacas y coman carne hasta reventar es inaceptable, escandaloso.

Si fuera un hecho circunstancial de manipulación lo dejaría desapercibido. Sin embargo, el cubrimiento de la Marcha Patriótica en abril con su llegada a Bogotá reveló el mismo desprecio, el mismo odio hacia el derecho de los pobres a comer. Todos los cuestionamientos a la financiación de la movilización se acompañaban con fotos de unos famosos tamales repartidos durante la protesta. El Espectador, un periódico que se ensucia la boca con supuesto progresismo ensartaba en un titular “Hasta tamales repartieron en la Marcha Patriótica”[2], para rematar con saña “Antes de comenzar a caminar por las diferentes vías de Bogotá, a quienes hicieron parte de la marcha se les repartió (sic) tamales, pollo, arroz, papa y hasta botones del presidente de Venezuela, Hugo Chávez”. Tamales y Chávez. Banquete y caudillos. La gula y el demonio encarnado del Caribe.

Dentro del conjunto de represalias que los Ejércitos toman contra la población hostil se encuentra, invariablemente, la confiscación de alimentos. De Vietnam al Putumayo, del bloqueo a Gaza al de Cuba, castigar al oprimido significa quitarle la comida[3]. Resulta apenas lógico que a esos comentaristas y periodistas que desayunan en McDonald’s y almuerzan en el parque de la 93 en Bogotá, les aterrorice el banquete rústico de los campesinos. Ellos que no han visto desollar una res en su vida. Ellos que no podrían prescindir una hora del Twitter, no digamos ya de la luz eléctrica.

Y es que dentro del imaginario de los poderosos, un pobre tiene que ser siempre un hambriento. Nunca poseerá el derecho a aspirar a nada más, no obtendrá permiso para llenar la panza. En la cosmovisión acuñada por siglos de feudalismo católico podrido, la gula, la posibilidad de los pobres a hartarse y saciarse, de derrochar comida en excesos carnavalescos, se considera pecado capital, sinónimo de la condenación.

Existe pues un derecho garantizado a los pobres: el derecho a pasar hambre, por voluntad o necesidad.

Detrás del derecho de los pobres al hambre, único tácitamente respetado y generalizado en nuestro mundo, se oculta algo más perverso: el deseo de los ricos de poseerlo, restringirlo y controlarlo todo, incluso, la dignidad de los hambrientos. Cuando el orden no encuentra o no posee los medios para castigar a un hambriento que se sacia ilícitamente, entonces nos encontramos ante el delito, el derrumbe del Estado de Derecho y el colapso de las leyes. El hambre es normal, cotidiana. Casi diríamos imprescindible. Que los hambrientos se organicen para comer es peligroso, criminal, vandálico. Es una amenaza para la estabilidad, es el preludio del caos.

Sucedió apenas ahora[4], cuando un grupo de jornaleros andaluces tomaron comida de dos supermercados sin pagar para dársela a familias de desempleados: una noticia que por escandalosa dio la vuelta al mundo. Aunque la intención de José Manuel Sánchez Gordillo y el Sindicato Andaluz de Trabajadores era abrir un debate precisamente sobre la causa de la fractura social que supone el hecho de que en España haya más de dos millones de personas que pasan hambre, así, tal como suena, el debate tomó otro curso al amparo manipulado de los medios corporativos: no es lícito robar comida, no está permitido asaltar la inviolable propiedad privada. El hambre, que se impone de hecho bajo la actual situación de crisis, deviene legal. Saciarla es un abuso.

Haití o Somalia, naciones parias entre las parias, constituyen de facto una demostración de que las potencias se permiten todo, incluso el poder de decidir cuándo y cómo a un país le quemarán las tripas, cómo y cuándo el imperio del capital se dará el lujo de administrar el hambre, por dosis y por encargo, con racionamiento o con caridades de la ONU, en el aislamiento o bajo cobertura de FOX News. Tahar Ben Jelloun[5], escritor marroquí radicado en Francia, señala ingenuamente que llevar comida al mundo entero es apenas un problema de voluntad política: “Ciertamente, hay elección: dejar generalizarse el desorden y la injusticia obteniendo consecuencias dramáticas sobre todos, o bien decidirse por financiar el crecimiento de los países pobres”. Así es. Justo por eso, por férrea e inquebrantable voluntad política hay más de mil millones de personas que no tienen comida en la mesa, no al contrario. Ciertamente hay elección, tomada ya hace mucho.

Todo está permitido en el reino de la libertad putrefacta. Incluso el derecho al hambre de las niñas anoréxicas en el primer mundo. Lo que no se justifica, lo infranqueable, es saciar el apetito de los desposeídos. ¡Qué tiempos estos, en los que hasta comer ya no será siquiera un asunto de simple supervivencia, sino incluso un acto de peligrosa insumisión!

CAMILO DE LOS MILAGROS

[1] “En liberación de Romeo Langlois hubo mamona, pancartas y tarima”, Canal Caracol, 31 de mayo de 2012. La nota puede verse aquí: http://www.noticiascaracol.com/nacion/video-266488-liberacion-de-romeo-langlois-hubo-mamona-pancartas-y-tarima

[2] “Hasta tamales repartieron en la Marcha Patriótica”, El Espectador, 23 de Abril de 2012, disponible en: http://www.elespectador.com/noticias/bogota/articulo-340735-hasta-tamales-repartieron-marcha-patriotica

[3] José Antonio Gutiérrez, “El impacto del cerco militar a Alfonso Cano sobre las comunidades campesinas en el sur del Tolima”, El Ciudadano, Santiago de Chile, 18 de noviembre de 2011: “Gente que tenía cafetales no podían recoger el café porque si se encontraban con la tropa los interrogaban, les quitaban la comida, les destruían las herramientas…” disponible en: http://www.elciudadano.cl/2011/11/20/44274/el-impacto-del-cerco-militar-a-alfonso-cano-sobre-las-comunidades-campesinas-en-el-sur-del-tolima/

[4] “El SAT asalta dos supermercados en Écija y Arcos para llevar comida al pueblo”, El Mundo, 8 de Agosto de 2012, disponible en: http://www.elmundo.es/elmundo/2012/08/07/andalucia_sevilla/1344335915.html

[5] Tahar Ben Jelloun, “El espectro del hambre: egoísmo e hipocresía”, 2008, disponible en: http://www.taharbenjelloun.org/index.php?id=32&tx_ttnews%5Btt_news%5D=98&cHash=aa17dad6d20479c8d71703e29ecbb44d

situacion de los obreros de la vidriera caldas

Convocamos a todos los estudiantes y a la ciudadanía en general a acompañar la justa lucha de los trabajadores de la VIDRIERA DE CALDAS:

La empresa va iniciar un proceso de liquidación, motivo por el cual es necesario que los trabajadores, ahora más que nunca permanezcan 24 horas pendientes de los bienes de la empresa que es la base material para pagarles el sueldo que hasta el momento suman más de 15 quincenas.

Invitamos a todos a acompañar a estos trabajadores desde el día de hoy en la Carpa ubicada en la 39 con 5 bis… Llevemos juegos, llevemos música, aportemos con comida pero sobre todo, LLEVEMOS TODO EL ÁNIMO Y LA INTENCIÓN DE APOYAR A ESTOS TRABAJADORES QUE TANTO LO MERECEN!!!

LOS ESPERAMOS A TODOS DESDE HOY Y HASTA CUANDO SE RESUELVA LA SITUACIÓN!!!

Cauca indomable

La primera vez que fui al Cauca a mi hermano lo pateó una mula en el pecho y probamos el café más exquisito que existe; cogido, molido y tostado con leña en unas pailas barrigonas que se zarandean en los patios de las fincas. Lomas empinadas, interminables, con pequeñas parcelas, casas de bahareque y algunas franjas boscosas pintaban ese paisaje que se acomodó como una cicatriz en mi memoria. Los campesinos no tenían luz eléctrica ni carreteras, a pesar que desde sus montañas se veía por la noche a Cali con su silueta, la tercera ciudad del país alumbrando más brillante que todos los truenos de la guerra desenfrenada en el sur del país. Es que la civilización es una guerra a su manera y engendra sus propias violencias luminosas.
Corrían por entonces los desastrosos años noventa y Colombia era, en todo sentido, un Estado fallido. Según declaró uno de los dignatarios militares de la época, estábamos ad portas de dividirnos bajo una guerra civil entre un sur controlado territorialmente por las guerrillas y un norte dónde bandas de paramilitares apoyadas por el gobierno ejercían el poder, copando todas las esferas de la vida pública. A los ojos de hoy no parece descabellada tal descripción de los sucesos.
Siempre que he regresado al Cauca me impacta esa geografía campesina de cordilleras interminables, de serranías que parecen cuchillos y montañas imponentes cortándose abruptamente. Tierra de enormes contrastes, abruma a los visitantes, los excede. Me aterra la amabilidad apacible y la tranquilidad de sus gentes, el contraste más abrupto del Cauca: tranquilidad que no concuerda en ningún sentido con una región convertida actualmente en columna vertebral de la guerra más antigua de América Latina. Desde hace siglos todos los poderes que han pasado por este país han tratado vanamente de domesticar al Cauca, pero la resistencia de esta tierra milenaria evoca una condición natural de rebeldía incorporada al paisaje, no debida a los factores circunstanciales y pasajeros que mencionan los expertos.
Desde Toribío hasta Marquetalia
A partir de que el Cauca se convirtió en una región más parecida al Kurdistán o la franja de Gaza que al resto del país, el modelo de confrontación que sobrecoge la región es muy complejo. Las tropas del Ejército Nacional operan como fuerzas de ocupación, y en gran medida lo son ya que no consiguen la simpatía de los pobladores. Eso explica el odio demostrado por las comunidades indígenas que insisten en expulsar los soldados de su territorio. Aunque las FARC cargan con un largo historial de roces con esas mismas comunidades, no puede olvidarse que las guerrillas son un fenómeno raizal arraigado en la idiosincrasia de muchos habitantes. En el Cauca ha habido fuerte presencia guerrillera de varios colores y de varios grupos (M-19, MOEC, PRT, Quintín Lame, ELN, FARC) por lo menos desde las últimas seis décadas, para no hablar de los cinco siglos de resistencia indígena en todas sus manifestaciones.
Una incontenible masa de indígenas y campesinos que no podrían comer si no fuera por los cultivos de coca y marihuana, ven los insurgentes igual a sus voceros. Con la política demencial del gobierno de envenenar los cultivos, las únicas simpatías posibles en la zona son hacia las fuerzas reales que impiden las fumigaciones: la guerrilla. Hasta un niño de brazos sabe que las avionetas escupen el glifosato sin distinguir al maíz, el plátano o la yuca de la coca y la marihuana.
Una utilización de los accidentes geográficos para sorprender al enemigo, el camuflaje en todas sus formas imaginables y el ataque permanente como mejor estrategia defensiva han permitido a los insurgentes mantener una iniciativa feroz en la región. Como repiten una y otra vez los generales, son grupos muy pequeños que hostigan día y noche a la tropa, atrás quedaron los tiempos de las tomas guerrilleras. Pero el hecho de que la guerra se diluya en pequeñas acciones no implica que no sea muy nociva. Por el contrario está totalmente dispersa y generalizada: según afirmaba un comunicado insurgente a mediados de Julio, desde el primero del mes se habían sucedido más de treinta enfrentamientos en el norte del Cauca, una media de dos combates diarios. El impacto sobre la moral de los soldados es evidente, hasta el punto que se refieren a la región como “el infierno caucano”. Para todo el mundo está claro que las FARC han hecho del Cauca su nueva Marquetalia. Su objetivo principal no es defender un territorio, tampoco abandonarlo, sino ser hegemónicos dentro de él. El Cauca es la zona más militarizada del país, lo que no impide a los subversivos mantener la supremacía en la zona a pesar de no poseer ni aviones Super Tucanos, ni tanques artillados, ni bases fijas. El Cauca recuerda tenebrosamente a Irak, dónde la desproporcionada superioridad militar norteamericana básicamente no sirvió para nada.
¿Y qué significa todo esto? Que para los guerrilleros mantenerse es la mejor victoria. La sola supervivencia de la insurgencia y su capacidad de golpear dejan sin argumentos la retórica guerrerista de las élites, poniendo una vez más sobre la mesa la salida negociada al conflicto, que es la reivindicación histórica de la guerrilla. Porque aunque suene paradójico, en este país siempre se ha hablado de paz con las armas bien cargadas

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  • Miguel Pascuas y Timochenko no Juegan Póker

La situación de guerra abierta que se vive en la región desde hace varios años tiene picos dramáticos. Llegó a límites desbordados cuando el Ejército mató a Alfonso Cano[1]. Antes hubo puntos álgidos como la toma guerrillera de Toribío, desastre para el gobierno Uribe y el ataque que un año atrás voló la estación de policía en esa población. En medio del fuego cruzado y a diferencia de lo que sucede prácticamente en todas las demás zonas de guerra, existe un tercer actor organizado muy fuerte en el terreno: las comunidades indígenas hastiadas de la confrontación que quieren ejercer la autonomía dentro de su territorio[2]. Los roces con las FARC son muy conocidos, aunque el verdadero conflicto en la zona es con el Ejército nacional, que toma represalias continuas contra estas comunidades desarmadas por considerarlas “colaboradoras del terrorismo”, algo que no es cierto. Las represalias van desde quema de casas, destrucción de cultivos, violaciones, confiscación de alimentos y asesinatos. Estos últimos reseñados comúnmente como “errores militares”. El Ejército intentó asesinar una de las máximas dirigentes indígenas del Cauca, Aída Quilcué, como venganza por las masivas movilizaciones del 2008. Aunque la comunera salió ilesa, su esposo Edwin Legarda murió abaleado en un retén militar[3]. Por otro lado, podría hablarse mucho sobre el recelo de algunas autoridades indígenas hacia las FARC -el origen del movimiento indígena moderno en la región proviene justamente de una pugna con el Partido Comunista- pero hay dos aspectos cruciales que los mandos guerrilleros calculan para su estrategia: el Cauca sigue siendo una de las zonas más campesinas del país, con una tradición de rebeldía favorable a sus fuerzas. Y es el corredor geográfico que conecta todas sus zonas de influencia en el sur del país. Eso convierte la región en un territorio irrenunciable, obviando la voluntad de las autoridades indígenas.
Tras la muerte de Cano las FARC emprendieron una ofensiva que se extendió por varias regiones del país. En ese contexto la situación en el Cauca acabó por salir de control, hasta convertirse en un problema de opinión pública: la presión de la ultraderecha pretende convertir la crisis en oportunidad para desacreditar al mandatario y desear de nuevo el regreso de un presidente con “mano dura”. Juan Manuel Santos, en una reacción inmediatista y mal calculada emprendió la peor jugada de su gobierno: una arriesgada salida en falso para entablar un pulso con los insurgentes, en vivo y en directo bajo la cobertura absoluta de los medios. Santos tiene un estilo característico de hacer política: cierta fama de jugador de Póker. Asume retos arriesgados sabiendo que puede ganar, no obstante a veces pierde como con la reforma universitaria y la reforma a la justicia. Apuesta a la paz y apuesta a la guerra. Insinúa diálogos con las guerrillas y al otro día pide “más plomo” como solución. Insulta a los estudiantes pero luego dice que si tuviera 20 años marcharía con ellos. Finge como todo buen pokerista. Le juega al Uribismo y también es “el mejor amigo” de Chávez. Y así.
Siguiendo ese método nefasto sacó unas de la manga: utilizar la guerra como espectáculo para elevar su popularidad, y arrancó en helicóptero hacia el Cauca a demostrar, al mejor estilo de cierto indeseable ex presidente, que es un gobernante fuerte al frente del las Fuerzas Militares, en el corazón mismo del combate.
Pero se le olvidó una cosa: la guerra no es un casino. Entonces perdió la apuesta.
La tropa lleva más de seis años perdiendo la guerra en el Cauca; no existía ninguna evidencia real que indicara que, con o sin presidente a bordo, dejaría de perderla. Y así fue. El presidente llegó el 11 de julio a Toribío, epicentro de los hostigamientos subversivos, con el propósito de simular un Consejo de Ministros. De todas las montañas aledañas le hicieron tiros; en los noticieros afirmaban que era “una estrategia de los terroristas más para llamar la atención que para hacer daño”. Bajo esa lógica las trincheras de tres metros y los tanques blindados que rodean la estación de policía también pretenden nada más que llamar la atención. Una multitud de indígenas lo abuchearon a él y su Ministro Juan Carlos Pinzón en la plaza pública gritándoles que se largaran, hastiados de la guerra. Los periodistas prefirieron entrevistar los guerrilleros que mantenían un retén sobre la vía a menos de un kilómetro de dónde el presidente se reunía con sus ministros. Había otros dos retenes guerrilleros más abajo controlando la entrada y salida de vehículos en la carretera que comunica el poblado con el resto del país. Sin embargo el desastre sobrevino cuando, como a las dos de la tarde, hora en que el presidente debía estar saboreando el fiasco en Toribío, los insurgentes derribaron uno de los 25 aviones de combate Super Tucano que respaldan las tropas terrestres, en jurisdicción de Jambaló, un pueblo a media hora del lugar. Habrían podido tumbar el helicóptero del presidente, si hubieran tenido suerte. La presencia del mandatario en la zona sólo sirvió para que el fiasco se amplificara, resonando más alto de lo normal. Luego la sarta de estupideces que repitieron por igual voceros del gobierno y periodistas tratando de encubrir el hecho es simplemente grotesca.
Y después del desastre la vergüenza: las tropas no pudieron llegar hasta el avión derribado aunque estaban “a doscientos metros”. La guerrilla recogió los cadáveres de los tripulantes, se los entregó a la Cruz Roja en otro sector, luego minó el terreno, interceptó un helicóptero en Argelia (otro pueblo al sur del Cauca) y continuó varios días más con los hostigamientos. Los indígenas expulsaron a las tropas en distintas partes y desmontaron las bases militares. También fueron hasta dónde estaba el Super Tucano destrozado, lo desarmaron y se lo llevaron, con caja negra incluida. Los periódicos no encontraron otra frase posible: humillación al Ejército. Y es verdad, pero es una humillación que se repite hace años. Hay mucho de humillación en que los soldados tengan que hacer sus necesidades en las mismas trincheras donde duermen y comen por físico miedo a los hostigamientos, o que frente a las cámaras afirmen que no pueden caminar de día porque la guerrilla les dispara de todos lados. O que lloren como niños pequeños cuando confirman que el pueblo al que dicen defender los odia con furia.
Santos intentó hacer un pulso con la guerrilla en el Cauca y perdió antes de apretar. Los subversivos juegan ajedrez, no Póker. En ese tablero polarizado que es la guerra colombiana, el Cauca es un enroque estratégico calculado muy bien por los mandos insurgentes, que no han logrado romper ni los bombardeos, ni la inteligencia militar, ni una concentración desproporcionada de tropas, ni los intentos de cooptar a la población. Lo único que consiguió el presidente con su aventura de Toribío fue el ridículo, atrayendo más la atención de la opinión pública sobre una situación que es crónica hace años. El Ministro Juan Carlos Pinzón, ese niñito prepotente de mala cara, que por ser hijo de un militar se cree estratega esclarecido aunque no haya visto un combate en su vida, quedó en vergüenza por culpa de un anciano astuto, que según afirma El Colombiano, ya ni siquiera es capaz de andar a pie: Miguel Pascuas[4]. Y adicionalmente, por unos indígenas indomables que ven a todo Ejército dentro de su territorio como continuador de la invasión que sufren hace cinco siglos.

Las llaves de la guerra

La situación en el Cauca está lejos de solucionarse. Ante la osadía de las comunidades indígenas, que expulsaron guerrilleros y soldados por igual de sus territorios, sólo pueden esperarse represalias terribles. Este gobierno, que afirmaba tener las llaves de la paz, en realidad abrió más las puertas de la guerra, al manejar un discurso ambiguo de supuestos contactos para negociaciones, al tanto que recrudece los bombardeos y operativos en las zonas rojas. Al presidente le fascinan los cerrojos. Y el Póker.
Santos aseguró por milésima vez, en el marco de las conmemoraciones del 20 de julio, que la guerrilla se encuentra acorralada, aunque los hechos revelan que en el Cauca las cosas son a la inversa. Pero Colombia no es el Cauca, ni corren ya los años 90. Aquello supone que la zozobra en la cordillera central debe entenderse como un hecho marginal, que se debe a condiciones particulares. Por eso mismo, la particularidad que define al Cauca, que es compartida en mayor o menor grado con otras regiones del país como el Caquetá, el Catatumbo, la vertiente del pacífico, lleva a reconocer que los orígenes de la conflicto siguen intactos, muy a pesar que sea un conflicto marginal, lejano a muchos y eminentemente rural.
El Cauca, como he afirmado en otras oportunidades, es una atroz comprobación de que no se puede acabar la guerra con más guerra, que la estrategia del aniquilamiento impuesta a los colombianos por sucesivos gobiernos y poderes económicos es una tragedia, sobre todo para la población rural. La resolución del conflicto pasará necesariamente por el Cauca; en un foro realizado durante el mes de abril en la ciudad de Popayán Alfredo Molano, León Valencia, Aida Quilcué, Camilo González Posso y otras personalidades analizaban la posibilidad de que allí se librara la última batalla. Y para que esto sea cierto hay que poner sobre la mesa nuevamente la vía de la resolución política, pues de lo contrario esta no será la última, sino la primera, dentro de nuevas espirales de violencia.

CAMILO DE LOS MILAGROS

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¿Quién puso la bomba?

“Si no tuviéramos una sorpresa enorme hoy –decía Fernando Londoño el 15 de mayo a las 11 de la mañana– en la Cámara de Representantes se aprueba el proyecto de reforma constitucional que se llama Marco Jurídico para la Paz”. Terminó su acostumbrada alocución en Radio Súper declarando que dicha reforma tiene un único propósito; la impunidad para los jefes guerrilleros: “Una facultad plena para darle a las FARC la bienvenida no solamente a la sociedad normal, sino la bienvenida al ejercicio de la política con las armas en la mano, con certificados de impunidad para ponernos a los colombianos en manos de las FARC. Ése es el progreso, ése es el ciclo nuevo, ésos son los avances que nos promete éste gobierno y que nos dará el Congreso de la República, salvo una inmensa sorpresa en el día de hoy”[1]

Veinte minutos más tarde, el doctor Londoño tuvo una desagradable sorpresa: un bombazo descomunal fundió en chatarra su camioneta blindada, mató sus dos escoltas y no se lo llevó a él “gracias a un milagro de Dios”. La derecha de ultratumba, al unísono, vociferó apenas unos minutos después que era irrealizable aprobar un Marco Jurídico para la Paz. Sincronizados, José Félix Lafourie de la Federación de Ganaderos, Francisco Santos “el electrocutador”, Nicolás Uribe, el congresista de la U Juan Carlos Vélez, Alfredo Rangel y el propio ex presidente Álvaro Uribe embistieron contra el proyecto de Ley. Es inaudito, afirman, que los autores de tan macabro atentado tengan la posibilidad de llegar al Congreso de la República.

Horas más tarde, el Marco Jurídico para la Paz era aprobado por la Cámara al tenor de los aullidos en contra por parte de la bancada parlamentaria seguidora de Uribe. La derecha purasangre vislumbraba una hecatombe: los terroristas que pusieron la bomba estarán sentados a su lado muy pronto en el Congreso, tras ganar las próximas elecciones. Al tanto, desde la clínica Fernando Londoño hacía poesía Greco-Quimbaya: “Estoy herido en el Alma”.

Sin embargo, cabe preguntar: ¿Quiénes son los autores del macabro atentado? ¿De dónde sabe el Uribismo, a los cinco minutos de estallada una bomba, quién es su autor y cuáles son sus móviles? La política en Colombia es un oficio repugnante, que no respeta cuna ni Partido, que puede llevarse por delante a cualquiera. La política es una compleja proyección del crimen. Detrás de ese atentado se mueven fuerzas y tensiones tan grandes que amenazan con romper la estabilidad frágil lograda por Juan Manuel Santos desde el 2010.

Un delincuente “polémico”

¿Quién es Fernando Londoño Hoyos? Los medios de comunicación se refieren a él como un “personaje polémico”. Tanto servilismo da lástima. Londoño es mucho más que polémico, es realmente un delincuente de cuello blanco. Como abogado de grandes consorcios y empresas multinacionales acumuló una fortuna entablando cuantiosas demandas contra la Nación, aunque él mismo se defina paradójicamente como un férreo defensor de la Patria con mayúscula, el Estado y las instituciones. Pero su patriotismo de bolsillo es una sucia versión de privilegios personales logrados a base de trampas. Luego realizó un desfalco con dineros públicos para comprar millonarias acciones de INVERCOLSA[2], una filial de la petrolera estatal ECOPETROL, tras una maniobra ilegal que le resultaría en una condena de inhabilidad para ocupar cargos públicos, condena que está en firme al día de hoy.

Sin embargo, fue designado como Ministro del Interior y Justicia por Uribe Vélez durante su primer periodo en 2002, a pesar que el proceso en su contra por el caso INVERCOLSA estaba en marcha en ese entonces. Cuando salió a flote la problemática de los cultivos de coca que reemplazaron el café en Caldas (su tierra natal), Londoño amenazó los campesinos diciendo que les iba a “llover glifosato” si continuaban colaborando con la insurgencia[3]. Éste era uno de los que en el 2002 aseguraba en público que ellos, los machos de la mano dura y la motosierra, acabarían con la guerrilla en seis meses. De eso hace ya diez años.

Santa paloma, cachorro de Leopardo

La imagen que se pinta de Londoño es una imagen falsa. Se le presenta como un agudo líder de opinión de “centro derecha”, periodista quizá un poco aguerrido, quizá un poco fuerte en las palabras, inofensivo en todo caso. Una santa paloma. Evidentemente se relaciona el brutal hecho del martes con un ataque a la libertad de prensa y opinión, pues Londoño es al lado de Francisco Santos, el vocero oficial de la ultraderecha colombiana. Su programa radial “la hora de la verdad” es muy popular entre las Fuerzas Militares.

Los orígenes de Londoño se remontan a Manizales, epicentro de la reacción clerical conservadora. Su padre, Fernando Londoño Londoño, fue un combativo político que junto al poeta Silvio Villegas y otros jóvenes disidentes del Partido Conservador fundaron el grupo “los leopardos”. Más adelante durante los años 30 derivarían en la “Acción Nacional Derechista”, un partido simpatizante de los Nazis en Alemania, de Mussolini y de la Falange Española. Al final, “los leopardos” regresaron igual que hijos predilectos al Partido Conservador para convertirse en figuras prominentes de la derecha Colombiana, ensanchando al lado de Laureano Gómez, de Gilberto Alzate Avendaño, la virulencia fatal que institucionalizó el atentado personal y la matanza colectiva como herramienta favorita del ejercicio del poder. Fueron desde arriba los principales instigadores de la violencia política de los años 50[4].

Heredero del legado de su padre, Fernando Londoño es hoy por hoy el vocero más importante de la ultraderecha colombiana después de Uribe Vélez. Mientras éste último es un advenedizo, Londoño es hijo de cuna noble, proviene de élites con una tradición que ajusta un siglo: el fascismo católico criollo. No ha dejado un solo día de defender sus ideas con disciplina y agresividad característica desde la Radio y desde su columna periodística en El Tiempo.

Las maniobras tras el atentado

Un perfil como aquel despierta los odios más profundos de la subversión, que en numerosas ocasiones lo ha declarado objetivo militar. Las FARC son acusadas inmediatamente de ser las principales sospechosas del atentado por ser su enemigo “natural”. Pero hay que reconocer aquella como una hipótesis fácil, mediocre y demasiado superficial, aunque no debe ser descartada. Algunos elementos tiran más bien para otro lado.

El método utilizado por los delincuentes, la bomba “lapa”, es un artefacto muy sofisticado de altísimo poder destructivo, que queda adherido en la superficie que pretende impactar. Es la primera vez que un artefacto así es utilizado en Colombia, a pesar de los miles de atentados con bomba que registra nuestra historia reciente. Contrario a los métodos usados por la guerrilla, que usualmente implican falta de precisión y explosivos artesanales, el atentado contra Londoño fue rigurosamente planeado y ejecutado. Datos milimétricos hacen que parezca una operación encubierta de inteligencia más que un ataque guerrillero. En una zona crucial de Bogotá los victimarios ejecutan su acción a pleno medio día y huyen sin ningún problema por la capital, la ciudad más vigilada del país.

Los medios de comunicación se empeñan estúpidamente en buscar relaciones con la organización Vasca ETA, pues antes sus acciones han implicado la utilización de explosivos similares. Pero no es verosímil que ETA, que lleva varios años sin realizar acciones armadas y que además anunció en octubre el cese de sus actividades, pueda estar ni remotamente implicada en un ataque sin concordancia alguna con la coyuntura actual de sus objetivos. Tampoco es verosímil la versión que supone que en años anteriores miembros de ETA entrenaron guerrilleros colombianos en el manejo de este tipo de explosivos, pues no sería comprensible de que manera la modalidad de ataque apenas aparece hoy.

Esos medios omitieron de forma deliberada datos muy importantes: las bombas tipo lapa han sido artefactos de utilización periódica por la Central de Inteligencia Americana y por la Inteligencia Israelí para matar “objetivos de alto valor” en operaciones encubiertas, siempre en terceros países.

Los científicos del programa nuclear Iraní asesinados por Israel fueron víctimas de ataques exactamente iguales. Los atentados contra los diplomáticos Israelíes en países asiáticos, que fueron catalogados por muchos analistas como “autogolpes” de la Inteligencia Hebrea para justificar ante la opinión pública una agresión contra Irán, contaron circunstancias idénticas a las del crimen cometido el martes en Bogotá: sujetos en motocicleta se acercan rápidamente, adhieren las bombas a los vehículos y escapan segundos antes de la explosión. Esos hechos sucedieron a mediados de Febrero, hace apenas tres meses[5].

Tales datos indican que los autores del crimen poseen inteligencia privilegiada para realizar un operativo de tanta complejidad, por un lado, así como tecnología de punta, de la que no hay evidencias para creer que esté en poder de una insurgencia obligada a fabricar bombas artesanales con pipetas de gas. Es muy llamativo que un sujeto tan hermético y prudente como el Ministro de la Guerra Juan Carlos Pinzón haya insinuado la implicación de “países extranjeros” pidiendo la colaboración de otras Agencias de Inteligencia. La revista SEMANA señaló a agentes del DAS o a paramilitares pero ni se le ocurrió mencionar a la subversión[6]. Un especialista en el conflicto como León Valencia, que no es para nada cercano a los intereses de la guerrilla, indica que tiene fuertes sospechas para creer que realmente el atentado es fraguado desde la misma derecha. En tal caso habría tres hipótesis que no han sido reseñadas en los medios.

La primera es que se trata de un autogolpe de Uribe y los suyos buscando generar un impacto mediático contra el Marco Jurídico para la Paz (lo que evidentemente sucedió sin que impidiera su aprobación) y aquello explicaría que el día del siniestro coincidiera con la discusión de la ley en el Congreso. Igualmente eso explicaría por qué la bomba fue puesta en la parte delantera de la camioneta y no en la parte trasera dónde se encontraba Londoño, pues la intención real no sería asesinarlo.

La segunda hipótesis es que se trata de una maniobra desde el gobierno Santos para “ablandar” por la fuerza al sector opositor de Uribe Vélez del cuál Londoño es fiel escudero. El atentado se interpretaría como una señal directa por parte del ejecutivo, señal que no dejaría dudas sobre la voluntad de Santos de aislar por todos los medios al ex presidente y sus seguidores. En esa misma línea se inscribe el cerco jurídico y político que acorraló a todas las fichas de Uribe Vélez; adicionalmente su gabinete y gran parte de sus congresistas se encuentran presos o sujetos de investigaciones judiciales. Sería la respuesta contundente del bloque dominante contra los sectores de la derecha que han boicoteado el gobierno Santos de manera violenta desde su posesión (el Presidente llevaba una semana en el cargo cuando un carro bomba voló la sede de Caracol Radio en Bogotá, también se acusó inicialmente a la guerrilla pero quedó luego en evidencia que la responsabilidad provino de sectores afines a las Fuerzas Militares).

La tercera hipótesis indicaría que detrás hay narcotraficantes que buscan desestabilizar al gobierno generando una sensación de inseguridad, a través de golpes resonantes con grandes dimensiones. Aquello no concuerda con que se escoja como blanco precisamente a Londoño, un político que no tiene ningún peso en el gobierno Santos, siendo más una figura simbólica de la ultraderecha, pero si concuerda con un plan similar frustrado que pretendía asesinar a Piedad Córdoba y al Alcalde de Bogotá Gustavo Petro, apenas una semana antes del suceso contra Londoño.

Y la última hipótesis es, lógicamente, que se trata de un ataque de las FARC. Pero no es muy plausible que justo ahora con la proximidad de negociaciones y la discusión del Marco Jurídico para abrir cauces políticos a la incorporación de los insurgentes a la vida civil, los comandantes guerrilleros decidan alterar la opinión pública en su contra con un hecho de estas magnitudes. Hace una década hubiera sido natural. La insistencia fantasiosa en la conexión con ETA y unas supuestas orientaciones encontradas en el computador de Alfonso Cano para impactar las ciudades aparecen como cortina mediática que busca encubrir los verdaderos autores del crimen.

Finalmente es posible una mezcla, a cualquier nivel, de las hipótesis anteriores: una colaboraciónantinatura entre paramilitares y guerrilleros; una omisión por parte del ejecutivo para “dejar la vía libre” a los enemigos de Londoño; o incluso una retaliación del paramilitarismo contra Uribe y los suyos por haber traicionado los acuerdos de Ralito.

La hipótesis simplista que más conviene a todos para lavarse las manos señala la responsabilidad guerrillera: permite a la insurgencia vengarse de uno de sus más acérrimos enemigos aunque sea sólo en modo simbólico, limpia la responsabilidad del ejecutivo en caso que se encuentre implicado y brinda a la ultraderecha argumentos para pedir el regreso triunfal del Mesías antiterrorista bloqueando una negociación con la subversión. Pero esa hipótesis, la de los buenos contra los malos, es la más débil en concordancia con los hechos. Algo muy turbio se mueve en la política colombiana sin que apenas podamos ver sus repercusiones confusas y aparentes. El trasfondo indica que el pacto maltrecho entre las clases dominantes se encuentra deteriorado, acercándose cada vez más a la ruptura. Independientemente de los autores del crimen, todas las posibilidades tienen su parte de verdad en la medida que reflejan contradicciones muy fuertes en el panorama nacional. La verdadera pregunta no es ¿Quién puso la bomba? Sino más bien ¿Quiénes son los que quiere impedir a cualquier costo la llegada de la paz?


[1] Editorial del programa radial “la hora de la verdad” dirigido por Fernando Londoño. Audio disponible en: http://wwww.lahoradelaverdad.com.co/post/detail/post=7296&_id=8

[2] “El caso INVERCOLSA”, El Espectador 12 de Mayo de 2008.

[3] “De eje cafetero a coquero”, El Tiempo 23 de Marzo de 2003.

[4] “Los leopardos y el fascismo en Colombia”, José Ángel Hernández, Universidad de la Sabana, Bogotá.

[5] “Ataques en India y Georgia a diplomáticos de Israel”, Publico 13 de Febrero de 2012, Disponible en:

http://www.publico.es/internacional/421815/ataques-en-india-y-georgia-a-diplomaticos-de-israel

CAMINANDO LA PALABRA

La presente es una propuesta del colectivo clown ojo de pescado
Es una propuesta de carácter cultural para movilizar a la comunidad estudiantil de la UTP
Para que reflexione y se informe sobre la situación del movimiento estudiantil y lo temas más importantes y sonados en el momento
Para esto se pide que todas y todos comenten esta propuesta, la critiquen, hagan preguntas o lo que deseen expresar para si corregir y empezar la labor de buscar financiación….

Cualquier inquietud la pueden dejar en la página del colectivo
O los siguientes correos.
colectivoclownojodepescado@yahoo.escaminando la palabra

 

Yuri Buenaventura: la poesía y la esperanza

Yo era de los que creía que la poesía, tal como se imagina prisionera en libros y academias refinadas, estaba condenada a desaparecer. Y parece que así es. Esa idea de que los poetas son seres superiores, por encima del común de los mortales, envueltos en un aura de divinidad me parece una idea mediocre. La poesía no es, a estas alturas, ninguna bebida mágica, ninguna expresión de la esencia profunda de la humanidad, sino un arte en decadencia si nos atenemos a los que se hacen llamar poetas y son reconocidos como tales. Hay más esencia vital, más fuerza creadora -y hasta más belleza- en el repertorio de cualquier banda clásica del Rock en español que en todos los festivales de poetas incomprendidos e incomprensibles que se realizan por ahí con patrocinio de los monopolios editoriales.
¿Dónde está la poesía de nuestro tiempo? Hace mucho que fue desterrada por los críticos y poetas descendientes de las divinidades. Sin duda, no la encontraremos en los pasillos de la institucionalidad, ni en las antologías. Ni siquiera en los libros de versos. No es un conflicto nuevo: la genial literatura siempre se ha llevado mal con academias, tiranos, gobiernos o instituciones.
Miguel de Unamuno tuvo problemas empezando el siglo pasado por criticar la monarquía en España. En ese entonces Luis Tejada se quejaba a propósito que en Colombia, por el contrario, gracias a la libertad de opinión y prensa las palabras perdían su carácter subversivo, la escritura se convertía en un oficio muy aburrido. Para fortuna de Luis Tejada la historia haría de éste un lugar donde las palabras tienen todo el peso que se merecen.
Cuando las metáforas adquieren de nuevo un espíritu secreto, cuando encubren cómplices toda la tempestad oculta detrás de un verso, hay todavía margen para pensar que la poesía vuelva a nacer escondida en otras voces, prolongada por otros caminos. Desde Baudelaire éste es un oficio de malditos. Un proscrito, un maldito es el cantante Yuri Buenaventura que dedicó una canción al viejo Manuel en el marco de la Marcha Patriótica. ¿A cuál Manuel? Se debía preguntar el Presidente sin poder conciliar el sueño en su palacete a media cuadra de la Plaza de Bolívar donde varios miles de campesinos venidos de lo profundo de la selva grababan con su mirada un nuevo memorial de agravios.
¿Manuel? ¿Un viejo sabio que vivía arriba en el monte? ¿Cuál sabio? ¿Cuál monte? ¿Cuál Guajiro Manuel? porque yo recuerdo varios muy famosos: uno que era indio y tinterillo, uno que fue Aragonés antes que latinoamericano, uno que era estudiante… ¿No se trata todo esto de una protesta maldita también, prohibida, señalada, atacada y desprestigiada por el régimen? Los que financiaron con nuestros impuestos una cumbre inútil de miles de millones para que el asco de América en pleno se viniera de putas a Cartagena, preguntan desesperados de dónde salió la plata con qué dar tamales a los campesinos marchantes que colmaron Bogotá el 23 de abril durante la Marcha Patriótica, unos tamales que además estaban vinagres. Ellos, que financiaron de frente la catástrofe del paramilitarismo, ellos que nunca cuestionan la procedencia de los dineros que pagan el glifosato, las bombas Cluster y los helicópteros Black Hawk, están muy preocupados porque 80.000 marchantes colapsaron pacíficamente la capital a pesar de la lluvia y las amenazas de la cúpula militar. Y el crimen más escandaloso e imperdonable es que esos campesinos tenían plata para comprar tamales.
Ya estamos habituados: en Colombia el emperador puede –literalmente- arrasar con fuego mil aldeas, pero al pueblo se le prohíbe encender una vela.
Ahora que Yuri Buenaventura hizo con una canción de salsa una declaración de resistencia, recordamos a esa muchacha poetisa Árabe perseguida por escribir a favor de la libertad o a ese estudiante de la Universidad Surcolombiana que metieron a la cárcel por cantar canciones incómodas. De eso se trataba con la canción del salsero, de que la metáfora llegara a tener un carácter subversivo, maldito. De que la sepamos viva aunque se la crea muerta, como al Guajiro Manuel, un viejo sabio sin nombre propio. La poesía regresa por los caminos más inesperados, esta vez para pedir el desquite. Los mismos caminos recorridos por esos marchantes que no eran bienvenidos en el corazón de la oligarquía. Yuri Buenaventura, un salsero de tremendo reconocimiento en Europa prefiere el anonimato en su tierra antes que venderse miserablemente a las élites de narcos, escoge una ruta difícil para su música y sus versos: la de la rebeldía.
Todavía hay muchos nombres que no pueden pronunciarse. Eso me hace pensar que éste país, a pesar de todas sus tragedias, sigue siendo hermoso porque concede tiempo a la metáfora. Las palabras dicen más de lo que dicen, las paredes hablan verdades que la verdad oficial calla. Tras los pasos de esa marcha se esconde otra metáfora; la gran noticia que no salió en los diarios ni los televisores: lo prohibido, lo innombrable es que pasada tanta muerte se asoma por fin la esperanza, otra palabra de esas para la cual no tenemos nombre propio.